RAUL SOLDI, ARMONIA Y BELLEZA
Fuente: Diario Los Andes. Mendoza
Fecha: 06 de junio de 2004
Por: Rafael Squirru

Cuando le pregunté a Soldi a qué se debía que en su primera etapa el acento estaba en la fuerza, mientras que en lo que sería su estilo más característico a lo largo de su extensa trayectoria de pintor, el énfasis había recaído en la dulzura, Soldi me confesó que se trataba de una elección consciente: “Entre los dos caminos, prefiero el de la dulzura”. Como Henri Matisse, Soldi quería que el contemplador de su obra, tras la dura jornada de trabajo, se sentase en un mullido sillón afín a una pintura que le permitiera soñar, olvidándose de las asperezas mundanas.

Por cierto que Soldi logró su propósito, como lo demostró mi padre que, poseedor de una rica pinacoteca, gustaba detenerse frente a “La niña” de Soldi como su contemplación preferida.

Para llegar a evocar esa dulzura es mucho lo que debió aceptar Soldi en términos de la más rigurosa disciplina a que fue sometido en la Academia Brera de Milán. “En aquellos años no me simpatizaba por lo exigente el profesor de dibujo, pero con el tiempo aprendí a estar agradecido”. Nacido y muerto en Buenos Aires, se cumple otro aniversario de su desaparición.

Soldi desplegó su talento con una generosidad difícil de igualar. Durante años pasó veranos pintando la capilla de Glew sin más retribución que alguna gallina. También pintó la cúpula del Teatro Colón y de las Galerías Santa Fe, desarrollando espirales con figuras ligadas al mundo de la música, practicada por sus ancestros.

No es exagerado decir que rendirle homenaje es rendírselo al arte argentino, a tal grado llegó su representatividad. Sus estupendas telas de caballete, de figuras preferiblemente femeninas y de paisajes, lo ubican como uno de los creadores más extrañables del arte de su tiempo.