SOLDI DE VISITA EN EL PALACIO
UNA GRAN RETROSPECTIVA DEL MAESTRO DE GLEW, ORGANIZADA POR IGNACIO GUTIERREZ ZALDIVAR SE EXHIBE EN LAS SALAS DEL PALAIS DE GLACE.

Fuente: Diario La Nación
Fecha: 17 de noviembre de 2002
Por: Rafael Squirru

Me pregunto si es mera casualidad que, cuando Platón ensalzó la valoración positiva del arte titulase a ese diálogo como "El Banquete", que trata del amor que surge y se enardece ante la belleza.
Quizá con sentido más pedestre podríamos hacer extensiva la palabra banquete a esa fiesta de manjares para celebrar ocasiones muy especiales. En este doble sentido, el platónico y el cotidiano, es que cabe que apliquemos la palabra banquete a esta retrospectiva de Soldi que nos invita a compartir Ignacio Gutiérrez Zaldívar y su equipo de Zurbarán, apoyado por numerosas empresas que en calidad de sponsors han hecho posible este formidable evento.
Han pasado ya diez años desde una megamuestra similar, cuando el maestro aún en vida nos regalaba con el espectáculo de pasearse en su Soldi-móvil, una fiesta que ya no sería posible dos años después.
Loable empuje para reunir nuevamente un conjunto que alcanza las 120 obras maestras de un artista que no conoció la palabra claudicación. A título de recuerdo se reproduce con dignidad fotográfica la capilla de Glew y sus inigualables pinturas al fresco, una técnica que por su dificultad la hacen una de las capillas en el mundo que pueden colocarse al nivel de la Sixtina de Miguel Angel.
Soldi, nacido un 27 de marzo de 1905, tras realizar estudios en nuestra Academia Nacional de Bellas Artes, completó su formación en una de las Academias más exigentes del mundo: La Brera de Milán. Allí se vinculó con grupos de vanguardia congregados en torno de la Galería del Milione, entre los que figuraban quienes como él llegarían a las mayores alturas de la creatividad, tales como Manzú o Birolli entre otros.
De regreso a la Argentina desde 1933, la suya fue una carrera ininterrumpida de triunfos que incluyeron un récord de decoraciones para producciones cinematográficas como así también de pintura; esta última abarcó desde la mencionada capilla y las cúpulas del Teatro Colón y Galerías Santa Fe hasta un sinnúmero de pinturas de caballete, dibujos, acuarelas, pasteles, e ilustraciones de libros. Entre los últimos me es imposible olvidar las que realizó para mi obra dramática El rey Salomón, editado por Marchand en 1980. Fue quizá por esta última circunstancia que tuve el privilegio de dialogar con Soldi, quien no tuvo reparo en contestar con la cortesía que le era característica mis inquietudes de curioso crítico de arte.
A juzgar por la primera etapa itálica, cuando plasmó obras como Niña de 1930 o su célebre desnudo de la misma época, Soldi se vio frente a una opción que según me respondió había sido en él perfectamente consciente: o bien caminar el camino de la fuerza o bien hacerlo por el de la gracia. Su propia sensibilidad le dio la respuesta a favor de la gracia y un valor concomitante, la dulzura.
Como Matisse, quiso que sus cuadros fueran como un cómodo sillón donde el contemplador pudiese descansar tras las faenas de la jornada de trabajo. Hasta qué punto cumplió su obra esa ambición, bien lo sé yo, cuando mi padre, exhausto tras horas de cirugía, volvía a mi casa y de todos los cuadros de su bella pinacoteca elegía sentarse con su sillón frente a una niña de Soldi de los años 40.
Hace falta quizá llegar a las horas blancas que ya me tocan vivir para medir en toda su grandeza la opción de Soldi.
Si la tragedia tiene reyes como Berni o Raquel Forner, también la comedia los tiene en genios de la talla de Soldi. Quizá por ello su afición por las figuras de músicos y bailarines que desfilan por sus exquisitos murales. Tal vez por ello también su marcada preferencia por el símbolo femenino, a veces captado en toda su femineidad como en la Figura que no sabe cuál sombrero ponerse.
Hablar de Soldi es entonar un himno al arte hermanado con la bondad. Desde un ángulo propio, así Soldi se emparienta con los grandes humanistas del arte y de las letras; como Holbein, hubiese gozado retratando a Erasmo, el mayor predicador contra la intolerancia.
Por todo ello, asomarse a esta exposición y recorrerla con la debida atención nos irá restañando las heridas, amparándonos como lo quería el apóstol frente a la adversidad.
En una época como la que nos toca atravesar, darse un banquete de Soldi supone haberse bañado en las fuentes de la eterna juventud del espíritu.
(En el Palais de Glace, Posadas 1725, hasta el 8 de diciembre.)